Reflexión del Padre Vito Gómez O.P. | Domingo IV de Cuaresma
Reflexión del Padre Vito Gómez O.P. | Domingo IV de Cuaresma
I.- Preguntas de calado se formula a sí mismo el hombre sumergido en un mundo cada vez más complicado, y el nuestro lo es. ¿Qué podemos hacer cuando existe tanta dispersión de pareceres y de conductas? ¿Por donde tirar? ¿Hay, de verdad, un espacio todavía para las limitadas fuerzas de cada uno?
Tales interrogantes surgen entre todo género de personas, sean jóvenes o mayores, también entre niños y ancianos. Se formulan por todas partes en este tiempo de comunicaciones totalmente rápidas y divididas cuando no contrarias en su contenido. Pueden plantearse desde situaciones de desaliento por lo pasado vivido o por lo escuro que se presenta el horizonte de futuro.
Cierto que necesitamos pensar, buscar veredas de salida, luchar para desenredarse de las trabas, encontrar razones válidas para encajar situaciones que no parece tener otra perspectiva que un negro panorama.
II.- Hoy, precisamente, el Evangelio es portador de una luz especial y, además, es para toda la humanidad, porque para todos es esta claridad que no orilla a persona alguna. Es una luz que rasga las tinieblas por más densas que sean, y ofrece una visión, aunque las nieblas desdibujen los panoramas que hasta nos son familiares.
La luz que no conoce ocaso alguno es Cristo, digámoslo sin rodeos. Esta luz mira y llega a los corazones, sin que se pierda en las apariencias o características de cada persona. Es una luz que clarifica la existencia, da una respuesta a todo tipo de interrogantes. Es una luz para dejarse iluminar por ella, porque, a su resplandor, toda persona encuentra caminos de salida.
Lo aclara maravillosamente el capítulo 9 del Evangelio según san Juan, que hoy se lee por el mundo entero y en innumerables lenguas. Es la persona de Jesús quien ha abierto los ojos al conjunto de la humanidad, que nació ciega. El barro mezclado con saliva y aplicado a los ojos del mendigo que, además, recibió el encargo de lavarse en la piscina de Siloé, no es nada más que un signo del poder que brota de la persona de Jesús.
III.- Recobrada la vista por quien puede darla como la regaló Jesús lo sometieron a pesquisas inacabadas: ¿pero eres tú el que nació ciego? ¿tú eras el mendicante que nos alargaba la mano pidiendo limosna? ¿Quién fue el que te curó? en nuestro mundo judío, no pudo ser nadie de fiar, porque trabajó en sábado, se lo vamos a preguntar a tus padres…
El curado se desenvolvió con certezas, a pesar de las descalificaciones y desprecios que recibió: fue un profeta, un ministro de Dios, fue él, en quien creo, quien otorgó la luz a mis ojos. Le faltaba una identificación más exacta y se la proporcionó el mismo Jesús al preguntarle: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?».
Hasta entonces se movía ya con la certeza de que, en definitiva, fue Dios quien obró el milagro, pero no podía imaginar que lo tuviera delante en la persona del Hijo de Dios encarnado, Una vez que tuvo esta seguridad, se arrodilló ante él y confesó: «Creo, Señor». Y se postró ante él.
IV.- Magnífica lección para tantos millones como hemos recibido el Bautismo o se nos invita a recibirlo. En Cristo está la clave para encontrar sentido a la existencia humana. Hemos, ante todo, de amarlo, porque empezó él primero a amarnos, conocerlo cada vez más intensamente, seguir fielmente su camino, contagiar con nuestra fe vivida a tantos buscadores de felicidad para que la encuentren en la Luz, la bondad, la justicia y la verdad.
