«OJALÁ TODO MI PUEBLO FUERA PROFETA» (Num 11, 29)

Reflexión del Padre Vito Gómez O.P. | Domingo II del tiempo ordinario

1.- Sin mucho esfuerzo se deduce que todas las lecturas que se ofrecen en la «liturgia de la Palabra», dentro de la Eucaristía de este domingo, están surcadas por una idea central. No es otra que la de «profetismo».
Aunque la idea que encierran las palabras «profeta», «profetisa» y «profetismo» no se reduce a las personas que ejercitan o están dotadas de unos dones o habilidades para adivinar el futuro, bien por inspiración, por deducciones, observaciones, conjeturas o por dinero.
Profeta es también el que «escucha» y «obedece» a Dios transmitiendo los mensajes, inspiraciones o acontecimientos de los que le hayan llegado convicciones de que sucederán en un futuro, más o menos próximo.

2.- En la Biblia los profetas predicen un futuro que acaecerá, también advierten de la necesidad de un cambio de rumbo de las personas y sociedades para no caer en desgracias múltiples o, por contrario, vaticinarán acontecimientos prósperos. Anuncian, sobre todo los profetas del Antiguo Testamento, la llegada al mundo del Mesías salvador, y describen sus características, sufrimientos, modo de comportarse, efectos de su obra, poderes para realizar un cambio, extensión de su obra salvífica.
De este tipo es el libro profético denominado de Isaías, al que pertenece el fragmento que hoy se presenta a la reflexión (Is 49, 3. 5-6). En realidad, está tomado del segundo Isaías, fechado en el siglo VIII antes de Cristo.

3.- Se manifiesta en el breve fragmento de Isaías una «fisonomía del profeta»: tal persona está pendiente de Dios a quien sirve sin reservas, atento a sus indicaciones, tiene conciencia de que ha sido elegido por Dios para una misión desde la eternidad, está convencido de que la fuerza le viene del Señor, «mi Dios es mi fuerza». Tiene una tarea que es la de llamar y reunir. Le han encargado que sea luz en medio del mundo y se comprometa a que la noticia de la salvación llegue hasta los confines del orbe.

4.- Otra singularidad del profeta que presenta, esta vez el Evangelio según san Juan, se descubre en la figura de Juan el Bautista (Jn 1, 29-34). No anuncia al Mesías desde lontananza, porque se halla ya presente en la tierra, pertenece, además, a su propia familia y tiene prácticamente su misma edad. Sin duda que Juan Bautista era un profeta inspirado por Dios, conocedor de las Escrituras Santas. También él, como la Virgen María, daba muchas vueltas en su mente y corazón a lo recibido. La inspiración de Dios le llevó a reconocer a Jesús como el anunciado desde siglos, dando principio al reino de Dios en la tierra, obediente a la voluntad de Dios, entregado hasta la muerte y quitando los pecados del mundo.
Reconoce Juan y manifiesta a Jesús como eterno en su divinidad, temporal en su nacimiento de la Vigen María, que visitó a su madre Isabel.
El Bautista fue testigo en el río Jordán de un signo que ratificó de la divinidad de Jesús y, a la vez de su condición humana que se sometió a su bautismo. «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él». —En aquel momento nació el Bautismo verdadero de Jesús, el del Espíritu Santo de Dios, que limpia de los pecados y convierte a los hombres en hijos de Dios por adopción, ya que él es Hijo de Dios por naturaleza.

5.- Otro profeta que aparece en las lecturas de hoy es san Pablo y así se muestra en la primera Carta que escribe a los fieles de Corinto. El profeta Pablo es consciente de que está llamado por voluntad de Dios para constituirse en su mensajero. Los corintios a quienes escribe están ya «santificados», es decir, han recibido el Bautismo y los llama «santos». El fruto que se obra ciertamente en este sacramento lo recuerda el Concilio Vaticano II en la constitución «Lumen Gentium»: «Justificados en el Señor Jesús, han sido hechos por el Bautismo, sacramento de la fe, verdaderos hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza, y, por lo mismo, realmente santos». (LG, 40).

6.- Los incorporados a la Iglesia por el Bautismo, en virtud de la gracia de Dios que se recibe en el sacramento de la iniciación y que es oferta que no se vuelve atrás por parte divina, a causa de tal ingreso en la vida cristiana nos convertimos todos en profetas. Nuestro profetismo se orienta a la «escucha de Dios», Palabra que nos llega por tantos medios: a través del Espíritu Santo, que es alma de la Iglesia, la Palabra, de un modo particular por la que se proclama en las celebraciones de la Eucaristía, el rezo del Oficio divino, el Rosario en que entra la meditación y contemplación de los misterios salvíficos, la oración, meditación, exhortaciones que nos vienen a través de otros…

7.- Nuestro profetismo está llamado también al «anuncio de lo que nos viene de Dios», transmisión de los contenidos de la fe que nos esforzamos por vivir, de las predicaciones, desde las comunidades o agrupaciones, desde las catequesis, conferencias, conversaciones, consejos, exhortaciones, en una palabra, desde las obras de caridad espirituales y corporales animadas por la gracia recibida.

¡Muy Feliz correspondencia a la gracia profética!

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